25 de mayo de 2022

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Reflexiones de la vida diaria: Viaje al fondo del cajón de los cubiertos

Telam SE

Viaje al fondo del cajón de los cubiertos

Si yo tuviese que averiguar cosas de tu vida y formase parte de algún escuadrón policial forense, tipo CSI, detective privado o simplemente chusma, el primer lugar de tu casa que investigaría sería… el cajón de los cubiertos.

Porque en el cajón de los cubiertos uno guarda cosas que podrían delatar qué estaba haciendo tres vidas atrás.

Ojo: revisaría todos los cajones de la cocina. Simplemente empezaría por el cajón de los cubiertos porque es el que está más cerca de la “escena del crimen”.

Uno ve una bombilla de mate destartalada. Alguien la dejó ahí. Claramente no sirve para nada, pero… no la tiraron. Si no se tiró, se debe guardar. ¿Dónde? ¡En el cajón de los cubiertos!

Te duele la cabeza. Agarrás una aspirina del blister, tomás agua de la canilla de la cocina, y el resto del blister, ¿adónde va a parar? ¡Al cajón de los cubiertos! Y allí quedará junto a otro blister, vencido en 2002, y junto a otros medicamentos inidentificables incluso para la ANMAT, el Instituto Gamaleya o para los fabricantes de gomitas de eucalipto.

También hay píldoras sueltas, en proceso de petrificación, pero… ¿por qué nadie se anima a tirarlas? ¿Son un recuerdo de una enfermedad superada, tendrán valor en un anticuario o se trata de un experimento de ingeniería social para ver quién de la familia es capaz de enchufarse una?

No creas que solo pasa en tu casa. Es un problema universal. El cajón de la cocina tiene porquerías en todos lados, hasta en los cajones de cubiertos tapados por la lava tras la erupción del volcán de Pompeya: así se rejuntan banditas elásticas, algunas elásticas, otras secas como cantimplora de camello, junto a biromes que no andan, stickers sin pegamento, un palito chino al que le falta su compañero y corchos de botellas de vino que se guardan por si hay que volver a tapar una botella de vino o por si te atacasen ganas de armar una molotov.

En el cajón de los cubiertos se puede reconstruir la historia económica de un país. ¿Cómo? Fácil: a través de las viejas monedas acumuladas en los rincones que pueden ser de 25 centavos del año 1967, otras de 25 pesos de 1977, algún centavo de dólar resto de un viaje de la era del “deme dos” y hasta alguna moneda de actual circulación, que se utiliza, normalmente, para abrir botellas de cerveza cuando no se encuentra el destapador.

¿Por qué no se encuentra el destapador en el cajón de los cubiertos? Porque hay varios destapadores y sacacorchos, de los cuales sirve UNO SOLO. ¿Cuál? No se sabe. Y cuando uno tiene sed no hay tiempo para andar probando 27 sacacorchos y se usa la moneda.

Hasta se puede deducir el grado de felicidad o tristeza que reina en la casa en la que se analiza el cajón de los cubiertos. Esto se hace revisando la cantidad y calidad de cucharitas de plástico de heladería y también a través de la cantidad de velas de cumpleaños desvencijadas, descoloridas, pero… capaces de salvarte en la emergencia de haber olvidado que alguien tiene un cumpleaños que involucra al número 7.

También se pueden encontrar encendedores que no funcionan, un magiclick cuya garantía de 104 años venció hace 15, cajitas de fósforos humedecidos, – no sólo los fósforos, sino la cajita también – pero todo se guarda “por las dudas”. Aunque la duda más grande es… ¿por qué se siguen guardando?

Así se van acumulando cosas, al punto que el ordenador de plástico de los cubiertos no descansa sobre el fondo del cajón, sino que se balancea sobre una gruesa capa de volantes con promociones de pizzerías fundidas, cucharitas dobladas, restos de juegos de cubiertos viejos, un mango negro, tal vez de cuchillo, tenedor o cuchara, – no se puede saber – y un tenedor de mango azul con una cuchara de mango de madera que no hacen juego con nada, fichas de dominó, pilas a punto de sulfatarse y si revisás bien, hasta esa muela de juicio que se te salió sola y creíste que te la habías tragado.

También es importante la presencia de llaves que no abren ninguna puerta y que nadie sabe siquiera si son de la casa o de otra casa, y no pueden faltar los agarra choclos, esos  choclitos de plástico con pinches, que como te quedó un número impar no se usan más, a pesar de que cada vez que metés la mano en el cajón te pinchan.

Y no te sorprenda la presencia de terrones de azúcar, algún carozo de aceituna, restos de muñequitos de la cajita feliz, media tijera, cinta scotch que o bien ya no tiene pegamento o que no se usa porque es imposible, de tan pegada, encontrar el principio de la cinta.

Y así y todo el cajón de los cubiertos tiene una propiedad mágica: cuando vos necesitás algo, vas al cajón, ¡y no está! Alguien se lo llevó, tal vez hace años, pero no está ahí donde vos creías.

Entonces, cuando te querés sentar a comer, metés la mano en el cajón y tenés más chances de cortarte, pincharte o lastimarte que de encontrar un cuchillo o un tenedor. Es más: si te cortás o te lastimás, probablemente encuentres una caja de curitas y creas que es un milagro. Pero ese tipo de milagros no existen, y lo comprobás cuando agarrás la caja de curitas y te das cuenta de que está vacía.

Y ahí es cuando te jurás que el fin de semana que viene te ponés a hacer orden. Si o si. No se puede vivir más así. Pero en el fondo, vos sabés que eso es como promesa con los dedos de los pies cruzados: No va a suceder NUNCA.

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