20 de enero de 2022

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«Paisaje», una obra distinta de Harold Pinter en la que dos monólogos forman un diálogo

Paisaje con texto de Harold Pinter actuaciones de Ernesto Falke y Laura Cristal y direccin de Diego Ferrando
«Paisaje», con texto de Harold Pinter, actuaciones de Ernesto Falke y Laura Cristal y dirección de Diego Ferrando.

El espectáculo «Paisaje», con texto de Harold Pinter, actuaciones de Ernesto Falke y Laura Cristal y dirección de Diego Ferrando, inaugura Ítaca, un complejo cultural en el barrio de Almagro, y conduce al espectador seis décadas atrás a un momento crucial del teatro británico.

A mediados del siglo XX florecieron en el Reino Unido e hicieron escuela escritores y dramaturgos como Samuel Beckett, John Osborne, Arnold Wesker, Alan Sillitoe, Bernard Kops y el propio Pinter, algunos llamados «jóvenes iracundos» y otros no tanto, que llegaron para renovar la escena universal.

Pinter tuvo problemas con la censura que aún imperaba en los teatros oficiales de su país, sobre todo por las «indecencias» verbales proferidas por el personaje masculino –el chofer de un terrateniente que acaba de morir-, impensables en los parlamentos de Noel Coward, Terence Rattigan o Agatha Christie, habitantes conocidos de los escenarios londinenses.

Por eso la obra tuvo que estrenarse en radio, en 1968, con la exquisita Peggy Ashcroft en el rol femenino, y solo llegó a la escena en Londres un año más tarde, ya con la censura abolida y a cargo de la Royal Shakespeare Company, con Ashcroft y David Waller como intérpretes, dirigidos por Peter Hall. Es que Pinter se había negado de lleno a eliminar o cambiar algunas expresiones que herían el oído del censor.

El tiempo preciso y los silencios son esenciales para la construcción de los mundos: los personajes parecen dialogar pero en realidad se toman su tiempo para elaborar sus propios monólogos

La acción –o no-acción- de «Paisaje», tal como lo estipula estrictamente el dramaturgo, ubica a una mujer y a un hombre, ambos esposos, en una cocina, cada uno al extremo de una gran mesa, sentados y sin moverse de allí, dentro de una escenografía apenas descriptiva, casi simétrica –en este caso del propio Ferrando- desde donde cada cual emite sus parlamentos.

El asunto se asemeja más a Beckett que a Pinter; éste, maestro del diálogo, hace que sus personajes hablen uno por vez, cada uno en su mundo, con evocaciones o comentarios que no llegan al otro, como sucede en tantos matrimonios. Quizá sin proponérselo, se adelantó a lo que más tarde fue llamado «teatro posdramático».

El tiempo preciso y los silencios son esenciales para la construcción de esos mundos: los personajes parecen dialogar pero en realidad se toman su tiempo para elaborar sus propios monólogos, que pese a su diversidad van tejiendo una trama, en la que la ausencia del amo –el patrón de ambos que ha muerto y del que no se dice nada- desahucia a sus empleados, que sienten estar llegando al punto final de sus vidas.

Los personajes son comunes: la mujer, obviamente a cargo de las tareas domésticas del establecimiento, se refugia en el sueño y en los dulces recuerdos que asoman a su mente; el hombre es más tajante, tiene los pies en la tierra y hasta levanta la voz en algún momento de ira. Ninguno de los dos cambia al final.

Ella (Laura Cristal) es una mujer madura pero sueña como una adolescente; vive en un mundo de sensualidad en el que aparecen varios hombres –o quizás uno, quizá su marido- que la cortejan, alaban su belleza y tal vez la amen, con su deseo manifiesto de ser madre.

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Eso se repite en varias oportunidades; la mujer parece observar el paisaje exterior por la ventana de la cocina, pero esa ventana está muy alta para donde ella se sienta y además una cortina la entrecierra; él (Ernesto Falke) barrunta sobre las actividades del campo y los animales. Parece dirigirse a su mujer pero el diálogo no tiene rebote.

El director y puestista Ferrando muestra buena mano para manejar ese difícil mundo durante casi 50 minutos, marcando las pausas con delicados cambios de luz (de Ricardo Sica) y el diseño sonoro de Jerónimo Duarte, que hace surgir voces de gaviotas en distintos puntos de la sala.

Lo que no convence del todo es el «soporte» electrónico de las voces de los intérpretes –muy delicado, sí, al punto de que no toda la platea dijo notarlo en la función de estreno-, en una sala para cien espectadores donde la voz humana debería oírse al natural, sin dificultad alguna.

Ferrando extrae toda la fuerza dramática de sus intérpretes –que solo salen de sus asientos para el saludo final-, intensos, maleables, flexibles en la voz y en la intención, y tiene en Falke un actor de voz y pronunciación privilegiadas, lo que ya demostró en otras oportunidades pero que aquí descuella por la tipicidad de su personaje.

La obra se diferencia por completo de las otras del autor –»El amante», «Traición», «El montaplatos», «La vuelta al hogar», «El cuidador», etcétera- en las que el diálogo y el armado de las situaciones rozan la maestría, y además porque es la primera vez que se representa en la Argentina.

Se ofrece los sábados a las 21 y los domingos a las 20 en la sala mayor de Ítaca Complejo Teatral, Humahuaca 4.027, con entradas en venta por boletería o Alternativa Teatral.

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