19 de octubre de 2021

Cadena Total

Presentes cada día

El ayuno para el análisis

A todos nos pasó. Fuimos al médico y el tordo no mandó a hacernos análisis de sangre y nos dijo, clarito: “son 12 horas de ayuno”. ¡El Horror! Si hubiera dicho 8 horas se bancaba, pero 12 no.

La diferencia entre un ayuno de 8 y otro de 12 horas es como la diferencia que hay entre un cheque a 30 y otro a 120 días: sabés que vas a insultar en idiomas que jamás hablaste. 
Y cenás a las 7 de la tarde para terminar 7 y media y poder ir al laboratorio a las 7 y media de la mañana.

Ahora hay que decidir qué cenar, porque uno no quiere bajarse medio kilo de ravioles con estofado para que el colesterol no le de por las nubes (creyendo que lo que comés la noche anterior puede influir en el resultado de choris, mondongos y boloñesas embebidos en tubos de jugo de uva que estuviste morfando en las últimas 3… décadas). 
Elegís “comida sana”. Craso error. Dos minutos después de haber deglutido la mandarina, te agarra hambre. Y sed. Pero no de agua. Sed de vino, cerveza, de whisky con fernet. 
Y es que no hay nada peor que te digan que no podés hacer algo para que te mueras por hacerlo.

Para no pensar encendés la tele. Justo en un canal donde están cocinando un risotto de mariscos. Cambiás de canal pero hasta en los dibujitos animados, si no están comiendo, están chupando algo.

Apagás la tele. Prendés la radio. Y te pasa como cuando estás enamorado, o como cuando te peleaste con tu pareja: todas las canciones hablan de tu problema “Sabor a mi”, “Voy a comerte a besos”, “Quisiera ser un pez”, “Moscato, pizza y fainá” y hasta viene con postre la radio: “Ojalá que llueva café”. La apagás. Un rato de internet. Entrás a las redes sociales y todos esa noche están posteando selfies con morfi.

Todavía no pasaron 2 horas de las 12 de ayuno y sos la imagen de la desesperación. Te metés en la cama. Pero es retemprano. Nunca te acostás a esa hora. Y lo peor es que a esa hora cena el resto de tu familia. El olorcito que viene desde la cocina es una puñalada en el estómago. Incluso tu pareja, para que no sufras, cocinó esa comida que no podés ni ver ni oler pero ahora te comerías una olla de brócoli hervido con puré de calabaza, sin sal.   
No te podés dormir. Das vueltas en la cama como nadadora de nado sincronizado. En algún momento perdés la conciencia y te dormís hasta que… suena el despertador. Despertás y el reflejo condicionado hace que tu mente anticipe el sabor de ese mate o ese café con pan con manteca matutino. Pero… ¡hoy no podés tomar nada!

Huís de tu casa. Cuanto antes te saquen sangre, antes termina el calvario. Ya en la calle descubrís que en el camino había varios bares en los que nunca habías reparado, pero que hoy, con el olorcito a café, no te ayudan a sobrellevar el ayuno. Vas caminando con el frasquito en la mano evitando movimientos bruscos, avergonzado, tratando de que nadie se de cuenta que llevás pis en esa aparentemente inocente bolsita del super. Vos sabés que es inútil. Cualquiera que camina con algo envuelto agarrado como una tenaza en la mano a la 7 y media de la mañana, lleva pis. Con suerte.

Llegás al laboratorio pero por más temprano que vayas, siempre hay uno que llegó antes. Calculás cuánto tiempo te van a tener ahí. Y es como la cola del banco. Siempre hay alguno que demora porque o tiene un problema con la receta, o no trajo el carné, o descubre que la prepaga no le cubre el análisis porque debe la cuota desde marzo de 2017.

Relojeás a los presentes: ¿qué problema de salud tendrán? ¿Están todos pálidos o tienen hambre como uno? Por las dudas tratás de sentarte lejos de todos.

Finalmente te sacan la sangre, te ponen la curita y te dicen que aprietes para que no se forme moretón. Pero vos sabés que en cuanto salgas de ahí vas a usar los brazos para entrarle a una docena de medialunas, un especial de cocido y queso, un café cuádruple, tres alfajores de chocolate, pero de los triples, y al mediodía te vas a mandar una milanesa a caballo con fritas porque total el análisis ya está hecho, y al menos hasta que te den los resultados, no tenés más nada de qué preocuparte.

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