24 de mayo de 2022

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Aristarain y «Últimos días de la víctima»: «Nos iban a matar, pero estábamos embelesados»

Aristarain recuerda el trabajo en conjunto con Jos Pablo Feinman el autor de la novela Foto Alejandro Amdan
Aristarain recuerda el trabajo en conjunto con José Pablo Feinman, el autor de la novela. Foto: Alejandro Amdan.

 El 8 de abril de 1982 se estrenaba en los cines argentinos «Últimos días de la víctima«, el policial negro de Adolfo Aristarain que cosechó elogios, convivió con la guerra de Malvinas y se convirtió en una pieza fundamental de la filmografía nacional con referencias a la dictadura que saltearon la censura.

«Estaba clarísimo que el personaje de Federico Luppi era un sicario que estaba pago por los milicos. Había alusiones muy obvias. Hay una escena en la que Luppi estaciona el auto bajo un cartel que decía ‘De uso exclusivo militar’. Nos iban a matar a todos, pero estábamos muy embelesados. Había que jugársela», recuerda el director de «Tiempo de revancha» y «Martín (Hache)» en declaraciones a Télam.

El impecable guion de la película nació de la primera novela de Juan Pablo Feinman, pero a diferencia de lo que suele suceder, Aristarain encontró en el escritor a un compañero de escritura lejos del vedettismo y del egoísmo para con su obra, sino que, por el contrario, se pusieron a trabajar de forma mancomunada.

Un fragmento de la película

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«Fue la única vez que me entendí bien con un novelista. Entendió la premisa primera y principal que fue la de olvidarnos de la novela. Si seguís con ese lenguaje, perdiste. Él se olvidó, tomamos cosas esenciales y por eso pudimos trabajar los dos juntos», explicó el director.

Sin embargo, la génesis de la obra no fue la novela, sino el rotundo éxito que había tenido «Tiempo de revancha» el año anterior, cuando logró estar un año en cartel y cosechar premios en Colombia, Canadá, Francia, Cuba, España y la Argentina. «Fue la primera película argentina en estar en festivales en ese período -dijo Aristarain-. Todas eran rechazas porque pensaban que eran propaganda militar».

A los dos meses de estar en sala, Héctor Olivera le pidió al director que buscara otra historia para filmar; había que aprovechar el suceso cinematográfico para pegar otro éxito. Y apurado, en el buen sentido, por su colega, el realizador que ya había tenido un paso por producciones españolas llegó al libro de Feinman en el que un sicario (Luppi) es contratado para cometer un crimen, sin darse cuenta de que la víctima iba a ser él mismo.

«Tenía sus riesgos porque seguían los milicos en el poder y como estábamos engolosinados, metíamos varias cositas», señaló. Además, la película presentaba unas particularmente extensas escenas eróticas y un vocabulario soez para la época, con una Soledad Silveyra que, a medio vestir, le pedía al sicario: «Cogeme, cogeme».

El truco que habían pergeñado para que quedaran los desnudos y el sexo era filmar las escenas extremadamente largas y, así, el censor pedía algunos cortes, pero no el total de las partes. Pese a ello, en el visionado, el censor no llegó a ver el final de la película, motivo por el cual quedó la famosa frase del personaje de Silveyra.

Foto Alejandro Amdan
Foto: Alejandro Amdan.

«Cuando íbamos por el sexto acto, nos dijo que nos vayamos. Nos fuimos corriendo como dos chicos con las latas porque no habían visto el ultimo acto, con el ‘cogeme cogeme’. Y quedó», rememora Aristarain.

Sin embargo, el éxito que le presagiaba a la cinta luego de «Tiempo de revancha» se chocó con una trágica realidad: seis días antes estalló la Guerra de Malvinas y el público no estaba para meterse en una sala. «La estrenamos en abril -cuenta-, que era ideal, y empezó la guerra de Malvinas, lo cual a nadie le interesaba. Nosotros ni fuimos a ver si iba gente o no, algo que solíamos a hacer».

Quizá, por eso cuando se vuelve a mirar, la cinta emana ese tufillo patoteril de una época en la que la serpiente, como el personaje de Luppi, se termina mordiendo la cola. «En ese sentido sí, la forma de actuar de los milicos está en la película. Un desprecio total con el ser humano. Eso no lo cambiaron nunca».

Años después y sin saberlo, su hijo Bruno estaba buscando departamento y cayó, por un aviso, al del escritor Hernán Lucas (que casualmente había escrito una novela de ficción sobre el rodaje de la película), quien vendía el suyo justamente en el mismo edificio donde se filmó la película, en la calle Yatay, algo que sorprendió y causó gracia al propio Aristarain, que acompañaba a su hijo en la visita al inmueble.

Pese a ser una obra revisitada y estudiada por el mundo del cine, a 40 años de su estreno Aristarain no le suma ni le baja el precio. Para él fue una película más, con un rodaje en el que la pasaron «muy bien». «No tengo la menor idea de qué significó la película para el cine argentino ni para mi filmografía. Eso se lo dejo a los historiadores. Fue una película hecha con los medios que teníamos».

Se cumplen cuatro décadas del estreno de «Últimos días de la víctima»

Por Héctor Puyo

El recordado Federico Luppi fue el protagonista de «Últimos días de la víctima», de Adolfo Aristarain, estrenada hace 40 años, el 8 de abril de 1982, en la confirmación de que el director estaba en la cima de los narradores cinematográficos argentinos: si Leonardo Favio era el Miguel Ángel de la pantalla local, Aristarain era su Dashiell Hammett.

El estreno sucedió a seis días del desembarco en Malvinas y eso puede haber conspirado en la taquilla -aún estaba en cartel «Reds», dirigida por Warren Beatty y sostenida por la pesada publicidad típica de Hollywood-, pero la firma de Aristarain dejaba sin duda otra muestra de su talento.

El cineasta traía el antecedente de un cross a la mandíbula del espectador con «La parte del león» (1978), estrenada también en plena dictadura cívico-militar, que sobresalía de un cine argentino de títulos adocenados, acosados por la censura, algunos con buenas intenciones pero generalmente de una tosquedad conceptual y formal que había hecho perder interés en él.

Con ese título el realizador nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, había dado inicio a un género que se llamó «policial sin policías», en parte por una decisión narrativa pero mayormente porque la situación política y social del momento no aconsejaba la inclusión de uniformes.

Era la historia de un hombre sin rumbo, lo que los estadounidenses califican «loser» (Julio de Grazia), que cree hallar la fortuna en un depósito de agua donde unos delincuentes (Ulises Dumont y Julio Chávez) habían depositado una bolsa llena de dinero producto de un robo.

La película tenía una oscura belleza formal, excelentes actuaciones a las que se sumaban Fernanda Mistral, Arturo Maly, Beba Bidart, Luisina Brando, Osvaldo Terranova, y una sugestiva música de Jorge Navarro y otros, cuyo breve «leitmotiv» atacaba en los momentos precisos.

El impacto contrastaba con el cine argentino de aquellos días, donde el sonido era impreciso, las imágenes paupérrimas y los diálogos incalificables, mientras lo que se oía en varias oportunidades no coincidía con el movimiento de los labios de los intérpretes.

«La parte del león» cosechó elogios de la crítica pero poca gente fue a verla; hoy es una referencia artística y materia obligada para los estudiantes de cine.

Luego del fracaso, Aristarain recuperó fuerzas económicas con dos producciones absolutamente comerciales, producidas por el sello Aries -«La playa del amor» (1979) y «La discoteca del amor» (1980)-, con cantantes, galancitos, vedettes y otras figuras populares de la televisión, hasta que en 1981 se puso furiosamente político con «Tiempo de revancha», mayormente recordada por el corte de lengua autoinfligido por Luppi, indisimulable alusión a la falta de libertades que se sufría bajo el régimen.

Allí contó también con un elenco preciso: Dumont, Maly, Haydée Padilla -entonces pareja de Luppi en la vida real y en un inédito topless-, Aldo Barbero, De Grazia, Rodolfo Ranni, Ingrid Pelicori, Jorge Hacker y Marcos Woinsky y con ella ganó premios en Colombia, Canadá, Francia, Cuba, España y la Argentina.

Aristarain ya era observado con respeto, pero su talento y su pericia narrativa no habían brotado de un florero: el hombre se había preparado como segundo asistente de dirección en «Orden de matar» (1965), de Román Viñoly Barreto y «Extraña invasión» (1965), de Emilio Vieyra, y «La muchachada de a bordo» (1967), de Enrique Cahen Salaberry, todas en la Argentina.

También cumplió ayudantías de dirección en Colombia y en España: «Digan lo que digan» (1968, con Raphael), «La cólera del viento» (1970) y «La leyenda del alcalde de Zalamea» (1973), de Mario Camus, y «Érase una vez en el Oeste» (1968), de Sergio Leone, durante el auge del «spaghetti western». También colaboró con Camus en la serie de TV «Los camioneros», protagonizada por Sancho Gracia entre 1973 y 1974.

De vuelta al país fue asistente dirección de Daniel Tinayre («La Mary, 1974), Juan José Jusid («Los gauchos judíos», 1975 y «No toquen a la nena», 1976) y Sergio Renán («Crecer de golpe», 1977), realizadores que marcaron una breve época de calidad. Con toda esa gente encontró las herramientas.

Tras «Últimos días de la víctima» siguió rodando en la Argentina y España, juntó muchos premios y reconocimientos de la crítica e inexplicablemente suspendió su actividad con «Roma», filmada en 2004 en ambos países, con guion compartido con Camus y Kathy Saavedra y actuada por José Sacristán y Juan Diego Botto.

En 1986 dirigió ocho capítulos de la serie «Pepe Carvalho», sobre relatos de Manuel Vázquez Montalbán para la televisión ibérica, con protagonismo de Eusebio Poncela y participación de la argentina Cecilia Roth en el elenco.

«Últimos días…» fue su filme más frenético y una síntesis de su lenguaje, con guion compartido con José Pablo Feinmann, autor de la novela original, con virtudes que resisten una revisión al día de hoy, y cuenta las desventuras de un asesino a sueldo (Luppi) que tiene apoyo en un excéntrico amigo (Dumont), escenas de voyeurismo profesional sobre Maly y Soledad Silveyra en imágenes muy subidas de tono para aquel momento y hasta un conato de enamoramiento con la mujer de su blanco móvil (Elena Tasisto).

El sólido elenco se completaba con Enrique Liporace, China Zorrilla -que repitió a su manera el papel de Beba Bidart en «La parte del león»-, Mónica Galán, el periodista Carlos «Colorado» Ferreira, Noemí Morelli y hasta con Pablo Rago, que entonces tenía diez años.

La narración no da respiro, los crímenes se suceden sin mayores consecuencias -no hay investigadores, policías ni personal judicial- y la trama refiere al cazador que cae en su propia trampa: la actuación de Luppi es formidable, pero en el fondo hay algo que incomoda.

¿Qué ganan esos grandes empresarios entregando dinero a los dos bandos, al perseguidor y al supuesto perseguido -Luppi y Maly-, cuando la lógica diría que lo mejor sería invertir en uno solo de ellos? El cine argentino también tiene sus misterios.

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